Ortega y el rollito de la juventú, un problema de incentivos
5 enero, 2011 1 comentario
Decía Ortega, hace un siglo más o menos que
Esta esquividad para toda obligación [referida a la absoluta falta de necesidad que tiene el hombre-masa de atenerse a la verdad o a la educación] explica, en parte, el fenómeno, entre ridículo y escandaloso, de que se haya hecho en nuestros días una plataforma de la «juventud» como tal. Quizá no ofrezca nuestro tiempo rasgo más grotesco. Las gentes, cómicamente, se declaran «jóvenes» porque han oído que el joven tiene más derechos que obligaciones, ya que puede demorar el cumplimiento de éstas hasta las calendas griegas de la madurez. Siempre el joven, como tal, se ha considerado eximido de hacer o haber hecho ya hazañas. Siempre ha vivido de crédito. Esto se halla en la naturaleza de lo humano. Era como un falso derecho, entre irónico y tierno, que los no jóvenes concedían a los motes. Pero es estupefaciente que ahora lo tomen éstos como un derecho efectivo, precisamente para atribuirse todos los demás que pertenecen sólo a quien haya hecho ya algo.
Aunque parezca mentira, ha llegado a hacerse de la juventud un chantaje. En realidad, vivimos un tiempo de chantaje universal que toma dos formas de mohín complementario: hay el chantaje de la violencia y el chantaje del humorismo. Con uno o con otro se aspira siempre a lo mismo: que el inferior, que el hombre vulgar, pueda sentirse eximido de toda supeditación.
Nunca han dejado de sorprenderme las campañas de juventud del ayuntamiento, esas que extienden la noción de joven hasta los 35 años. 35 tacazos de “perdonillas”, de subvenciones y apaños. De menosprecios tácitos, en fin: no de ésos que molestan por la chulería de quien los profiere, sino de los que calan en el subconsciente por la dichosa condescendencia con que se dejan caer, con la rotundidad de las coletillas: “aún es joven, todos lo hemos pasado mal al principio”.

Luis García Berlanga, tristemente fallecido hace pocos días, era
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