Europa nació vieja, pero nunca estuvo tan achacosa
27 marzo, 2011 6 comentarios
Comentaba el otro día Martin Wolf, recurriendo a la siempre elegante explicación demográfica (la demografía lo explica “casi” todo en las ciencias sociales), que si la juventud europea no está quemando estructuras como la árabe no es por una cuestión de agallas, o de simplonería. Es una cuestión de número, de proporción.
A tenor de su artículo cabría decir incluso que la calidad de vida sólo explica lo pronto o tarde que se estalla, pero no si se va o no a estallar. Y ello, porque quizá no sea tanto una cuestión de bienestar como de sentimientos. ¿Cuales son las voluntades humanas más básicas ? ¿Qué mueve a los hombres?: salir de casa, considerar que se es tomado en serio. Y es ahí donde hay que enmarcar la actual actitud de la juventud europea, o al menos de la española: engañada y sin músculo.
Tomar una parte de terreno sobre la que afianzarse, o construir una familia propia sobre la que mandar y disponer, llevan siendo los motores de la sociedad occidental unos cuantos años. Y no son, para bien o para mal, una cuestión de comodidades, sino más bien como decía, de apreciaciones. Han motivado cientos de historias y de sagas literarias: Son el relevo generacional más básico, y no se ha visto cuestionado sólo en nuestros vecinos del sur.
¿Por qué entonces, además de por la cuestión numérica apuntada, seguimos de brazos cruzados?


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