Ortega y el rollito de la juventú, un problema de incentivos

Decía Ortega, hace un siglo más o menos que

Esta esquividad para toda obligación [referida a la absoluta falta de necesidad que tiene el hombre-masa de atenerse a la verdad o a la educación] explica, en parte, el fenómeno, entre ridículo y escandaloso, de que se haya hecho en nuestros días una plataforma de la «juventud» como tal. Quizá no ofrezca nuestro tiempo rasgo más grotesco. Las gentes, cómicamente, se declaran «jóvenes» porque han oído que el joven tiene más derechos que obligaciones, ya que puede demorar el cumplimiento de éstas hasta las calendas griegas de la madurez. Siempre el joven, como tal, se ha considerado eximido de hacer o haber hecho ya hazañas. Siempre ha vivido de crédito. Esto se halla en la naturaleza de lo humano. Era como un falso derecho, entre irónico y tierno, que los no jóvenes concedían a los motes. Pero es estupefaciente que ahora lo tomen éstos como un derecho efectivo, precisamente para atribuirse todos los demás que pertenecen sólo a quien haya hecho ya algo.

Aunque parezca mentira, ha llegado a hacerse de la juventud un chantaje. En realidad, vivimos un tiempo de chantaje universal que toma dos formas de mohín complementario: hay el chantaje de la violencia y el chantaje del humorismo. Con uno o con otro se aspira siempre a lo mismo: que el inferior, que el hombre vulgar, pueda sentirse eximido de toda supeditación.

Nunca han dejado de sorprenderme las campañas de juventud del ayuntamiento, esas que extienden la noción de joven hasta los 35 años. 35 tacazos de “perdonillas”, de subvenciones y apaños. De menosprecios tácitos, en fin: no de ésos que molestan por la chulería de quien los profiere, sino de los que calan en el subconsciente por la dichosa condescendencia con que se dejan caer, con la rotundidad de las coletillas: “aún es joven, todos lo hemos pasado mal al principio”.

Y no, no estoy en contra “de echar un cable a la chavalada desde las instituciones“, como dirían los chanantes. Estoy harto de que a fuerza de tratarnos como a panolis desde el colegio, nos lo acabemos creyendo. El dichoso “los jóvenes ya no son revolucionarios” y el “así no me voy a independizar” son todo uno con el “aún son jóvenes, todos lo hemos pasado mal al principio”. Que si señores, que mucho estirar la esperanza de vida, la edad de jubilación y lo que quieran: pero de lo que yo estoy hablando es de actitud vital en momentos equivalentes.

 

Pa mí, que soy joven, ponme cuarto y mitad de estupefacientes, que necesito permanecer atolodondrado

Lo de “la juventud”, como reconoce Ortega, no es más que un síntoma de decadencia de una cultura, de una sociedad. Una voluntad de no crecer, de repetirse hasta creerlo que todo va bien y el peligro se olvidó años atrás. ¿No me creen?. Pues es un rollito que cuenta con todos los ingredientes de una mentira “social”: hay quien gana con ella, sin que se le note; se hace querer por los razonamientos apresurados y tiene buena prensa; y se presenta como solución a un problema que en realidad agrava (debería hacernos más audaces y sólo nos hace darnos más cuenta de lo bien que estamos).

Y lo que para Ortega no es sino una vida a rédito de un crédito, un derecho injustamente reclamado; para Kundera es un ejemplo más de la insoportable levedad del ser, pero en su versión más perversa: cuando quieres crecer y asumir la parte mala de las responsabilidades, resulta que tienes que seguir jugando. Que el mundo se había diseñado para que fueras bobo, y que ahora no tienes sitio, que no pretendas independizarte o tener un buen empleo que “aún eres joven, todos lo hemos pasado mal al principio”.

Todo comienza con lo que los economistas, que somos unos pazguatos prosaicos, llamamos un problema de incentivos: vives tan bien que no tienes ninguna necesidad de salir ahí fuera a probar suerte. El asunto se acabaría tan pronto se acabase la vida buena. Pero hemos llegado demasiado lejos. Los roles de “adultos” y “niños” los hemos interiorizado por completo, y ya solo nos queda escapar hacia delante, que la bobería nos crece a la par que los nenes. Ya se ha llegado, como norma, a “negociar” las notas en las revisiones de los exámenes en la universidad. Falséemoslas. Despojémoslas de cualquier utilidad que como señales para los empleadores pudieran tener. Seguimos jugando, ya en la primera adultez, a que todo da igual, que total, café para todos… ¿cuanto tardará en llegar el salto al mundo real, al mercado, al terreno de juego?

Ya da igual, supongo. En fín, si queréis innovación y revolución y demás, dejadnos que así sea y aceptar las consecuencias negativas que pueda ello tener (que There’s no free lunch, ¿no?)

One Response to Ortega y el rollito de la juventú, un problema de incentivos

  1. E. dice:

    Visitado estás. Ya te leeré con más calma. Oh, my God, que mi monstruo se ha hecho grande!!! :) ))

    Guonderful volver a verte!

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