Que me den el mundo de mis viejos que total, no está tan mal

Es cuanto menos curioso que de aquellos románticos y absurdamente cómicos eslóganes sesentayochistas hayamos pasado al “¿Y nuestro porvenir?” que tanto recuerda al “¿qué hay de lo mío?”. Pero nada, ni por esas: en el proceso de asimilación de “la revolución” en el sistema sólo ha quedado la parte más revoltosa y vocinglera, obviando la más lúcida.

Con lo cachondo que hubiera sido leer un “Yo de mayor también quiero ser jubilao y pasarme la vida al sol“, o “ya no concibo mi vida sin el apartamento en Torrevieja (¿costa azul?) que siempre soñé“. O, qué demonios “mi agüelo se lo pasa teta en el baile y encima se da más maña ligando que mi menda, ¡yo también quiero!

El tema daría para una tesis, pero viene a ser lo que comentaba en el primer post. La ideología se acabó hace 20 años, en Berlín, y desde entonces ya no tuvo sentido crear una alternativa. Real. Ahora la vieja alternativa, asentada reinando, busca prolongarse haciéndose más reaccionaria.

Y nuestros jóvenes tienen miedo. Miedo de perder ésa Europa proteccionista. Miedo de no seguir siendo los elegidos y peor aún, pocas ganas de luchar por serlo realmente. Poco importa sumirles en un miasma bipolar, donde la alternativa (la izquierda) es capaz de defender esta clase de huelgas y movilizaciones y las de los antiglobis del G-7 simultáneamente. ¿Tanto les sorprendería descubrir que son nuestros aranceles los que mantienen a África sumida en la miseria?.

Qué más, da, ¿qué hay de lo mío?. La Francia de Vichy, aquella Francia rural y nacionalista que había que apaciguar (apaciguamiento que tiene mucha culpa de la creación de la UE) sigue viva y latente. Y la izquierda revolucionaria de todo el mundo, especialmente de España, les alaba por ello, por montarla. Demuestran perspicacia e inquietudes sociales estos chavalines, y en el fondo a todos nos complace verles poniendo en aprietos al primer ministro. Así “debe ser”.

El subconsciente social, y lo que en él queda de la historia de las ideas es una ciencia oscura y tupida. Van quedando trazos y conocimientos deslavazados y descontextualizados de cada experiencia, que van formando un corpus informe y poliédrico, que cambia según giras para mirarlo. Cada vez que intento escribir post como este siento más respeto por los sociólogos. No estoy seguro de poder mezclar en una misma entrada Mayo del 68 con la Francia de Vichy, y sin embargo estoy convencido que hay algo de ambas cosas.

Hay parte del miedo nacionalista, que pudo haber nacido en la derecha pero que ahora hace suyo (como señal del apoltronamiento) también la izquierda. Nacionalismo patente en el proteccionismo, en guardar “nuestros campos” y “nuestras minas”. Hay parte de ese gusto revolucionario, que nos hace pensar que sí que hay una alternativa y que otro mundo es posible, aunque ninguna de las dos cosas exista realmente aún. Esta necesidad de moverse, aún sin ideas sólidas que oponer, que hace de la revolución una mera pose estética ya estaba presente en Mayo del 68 y si cabe lo está ahora más claramente. Y hay aún más similitudes con las consecuencias sociales e ideológicas que el 68 tuvo (nefastas o nulas en el mejor de los casos).

Y sin embargo, debemos vencer ese miedo. Debemos seguir esforzándonos por crear filosofías y sistemas intelectuales mejores. Por entender mejor el mundo, para darle mejores respuestas. Por acabar con el statu quo de cualquiera apoltronado en su terrenito de poder, y conseguir erradicar la pobreza sin que el mundo se vuelva un juego de suma cero en el que la ganancia de unos sea la pérdida de otros. El ajuste requerirá esfuerzo y paciencia. Pero, hey, ¿no iba de eso la revolución de hacer un mundo mejor?.

6 Responses to Que me den el mundo de mis viejos que total, no está tan mal

  1. Lito dice:

    La palabra “revolución” siempre ha sido poesía maldita, romanticismo transitorio, un lugar común en el que canalizar sentimientos que daban de bruces con la realidad o aquello que habíamos mamado siempre. Eso, cuando no era puro postureo o arma mediática sin fundamento alguno. Sea como sea, es necesario creer que hay vías alternativas al camino establecido. Creerlo con firmeza. Saber que no vamos a cambiar el mundo porque éste quizá no quiera cambiar, pero sí desmarcarnos de toda esa maraña borreguil que predomina, y más en tiempos de vacas flacas. Eso puede ser una revolución, ¿por qué no?.

    Impresionante post, hamijo. Te compro la idea de dar un golpe de tuerca a esto, de no dejar que el fango popular nos embarre por encima de los tobillos. Que por lo menos sigamos pensando que no existe el monopolio para vivir, pensar, desarrollarse, soñar. Es idealista pensarlo, temerario exponerlo y arriesgado creerselo, pero, coño! de castillitos en el aire y principios se sustenta el hombre.

  2. Mª del Mar dice:

    No, querido colega. La revolución no va de querer cambiar el mundo por hacer uno mejor. La revolución va de dar voces, puñetazos (en mesas y bocas) y patadas (a ideologías propias y rodillas ajenas). La revolución hoy es luchar contra la opresión de un estado (libre) en pos de la imposición moral, política y social.

    La revolución entendida por ellos desprende el mismo olor a “eau de rancio” que aquello que ellos mismos considerarían lo más acomodado y antiprogresista de la sociedad.

    A la orden del día encontramos contradicciones tales como las que apuntas. Provienen de todas direcciones y nos las meten por cualquier orificio (Véase 1: “soy el más progre del lugar…pero como me toques el sistema -valga aquí tu ¿qué hay de lo mío?- te monto una gorda”. Véase 2: “soy el más liberal del lugar. ¡Viva el mérito! ¡Muera el Impuesto de Sucesiones! Véase 3: “ni dios, ni patria, ni bandera: ¡Visca Catalunya Lliure! ¡Gora Euskadi Askatuta!”).

    Parece evidente que, y no hay mal que por bien no venga, esta coyuntura nos está sirviendo (por lo menos a algunos) para plantearnos los cánones actuales, los estereotipos y quitar la careta a muchos y hacer caer a tantos héroes.

    La solución pasa por no mirar a otro lado, por no abandonarse a la eterna bondad de Papi-Estado…por aprender a pelear por lo nuestro. Luchar por lo queremos con el único sentido de que adquiramos el sentimiento de que todo aquello que logremos lo hagamos porque nos lo merecemos.

    Más que un monopolio, como apunta el comentario anterior, equipararía la situación actual a un oligopolio en el que, por desgracia, el precio que nos ponen estos grandes grupos de ideas retroalimentativas es muy alto, por mucho que algunas se sigan creyendo marginales. Sin embargo, bien es cierto que, aún estando de acuerdo contigo, es momento de temeridades y riesgos.

    Del-val-del-bueno, mi más sincera en-hora-buena

  3. Muchas gracias a los dos por vuestras interesantes valoraciones.

    Lito:

    Lo de desmarcarse me parece fundamental, pero no en el sentido de “Matrix”. No quiero “salir del sistema” y encontrar la verdad tomándome la pastillita roja. No quiero ser un iluminado que ha escapado de su alienación. Sólo quiero encontrar un camino y una comunidad, algo que me sirva a mí y a los que piensen como yo. El universalismo ilustrado (y a éso aludía en el primer post cuando decía que las viejas ideas no vuelven… hasta pasado un buen tiempo) esta superado. ¿Y volver la mirada a otras formas de organización social?

    Marimar:

    Pasemos de los planteamientos a la acción, coño ya !!

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